Una casa sin dirección

Helena vivía en una casa bonita.
Tenía ventanas grandes, una mesa de madera y una pequeña biblioteca junto a la escalera.
Sin embargo, había un problema: la casa tenía sus sentimientos amurallados.
Nadie comprendía exactamente de dónde venían su tedio y sus frustraciones.
Después de muchos años a cuidar de otros, cumplir expectativas y aprender a esconder aquello que le dolía...
Una mañana, mientras preparaba el café, se miró en el espejo y pensó:
—¿En qué momento dejé de reconocerme?
No era tristeza exactamente.
O quizá sí...
Era algo más difícil de nombrar.
Mala relación con la tristeza
Una sensación de estar viviendo dentro de una casa en la que todas las habitaciones permanecían cerradas. Cada día menos diálogos...
Decidió entonces pedir ayuda.
Porque los gritos de quien sufre también pueden quedar amurallados.
Una decisión: una visita a la psicoterapeuta relacional.
—No sé qué me pasa —dijo Helena durante la primera sesión—. Hago cosas. Trabajo. Me esfuerzo. Incluso hay días en los que río. Pero siento que algo dentro de mí está roto.
La psicoterapeuta la escuchó atentamente —Cuéntame un poco más de ti.
Había que comenzar a construir un espacio donde Helena pudiera escucharse.
En la sala de psicoterapia, durante una sesión trabajaron con el método de las esferas.
La psicoterapeuta dibujó un círculo.
—Imagina que este círculo eres tú.
Después dibujó varias esferas en su interior.
—¿Qué recursos forman parte de tu vida?
Helena comenzó a nombrarlas:
—Familia, amistades, trabajo...
—¿Ahora imagina que nos pongamos a trabajar para aumentar tus recursos? — comentó la psicoterapeuta.
—Música, creatividad, naturaleza, aprendizaje, cuerpo, meditación, pilates, descanso, pausa, lectura, pintura, trabajos manuales.
Helena sonrió, con cierta incomodidad, al contemplar tantas actividades...
—¿Y qué tengo que hacer?
—No tienes que convertirte en otra persona —respondió la psicoterapeuta—. Vamos a descubrir qué necesita tu vida para volver a tener otra mirada.
Aquella frase se quedó con ella.
Volver a mirar con nuevos ojos.
Durante las semanas siguientes comenzaron un pequeño experimento.
Cada esfera representaba una dimensión de su vida: los apoyos y recursos sociales.
No se trataba de llenar todas las esferas de golpe y poner su vida en acción. Solo comenzar con tres pequeñas actividades que pudieran ayudarla a crear nuevas conexiones.
¿A qué se resiste el olvido?
Una semana llamó a una amiga a la que hacía meses que no veía.
Otra comenzó a escuchar música mientras caminaba.
Después volvió a pintar.
Un domingo salió a caminar sin ningún objetivo.
Otro día abrió un libro que había comprado hacía años.
Aprendió a descansar sin sentirse culpable.
Poco a poco, aquellas pequeñas decisiones comenzaron a transformar su estado de ánimo.
Una ventana que llevaba mucho tiempo cerrada empezó a abrirse.
Después, otra.
La mesa dejó de ser solamente un lugar para trabajar y volvió a convertirse también en un lugar para conversar y pintar.
La casa seguía siendo la misma.
Pero Helena comenzaba a habitarla con otra mirada.
Seis meses después Durante una sesión, la psicoterapeuta volvió a dibujar el círculo con todos los nuevos recursos que Helena había conseguido construir.
Ambas observaron el dibujo...
Había más esferas.
Más colores mostrando nuevas conexiones.
Más actividades socioeducativas.
Más espacios de creatividad.
Más relaciones recuperadas.
Más momentos de descanso.
—¿Estoy mejor? —preguntó Helena.
La psicoterapeuta sonrió.
—Eso tendrás que responderlo tú.
Helena permaneció en silencio.
—Pero ahora veo más vida en movimiento —añadió la terapeuta.
—Sí.
Después de unos segundos, preguntó:
—¿Entonces mi depresión ha mejorado?
Se hizo un largo silencio en la sala.
Y quizá fue precisamente en aquel silencio donde Helena comprendió algo importante.
Durante años había pensado que la autoestima consistía en ser fuerte, en poder con todo, en ser siempre la alegría de la mesa.
Pero quizá la autoestima también podía significar otra cosa:
Conocerse
Escucharse
Cuidarse
Saber relacionarse
Aprender
Crear
Pedir ayuda
Descansar
Poner límites
Si para querer a alguien tienes que dejar de quererte tú, ahí no es.
Podíamos avanzar poco a poco.
A nuestro propio ritmo.
Un año después
Al entrar en casa, Helena abrió una ventana y dejó entrar el aire.
Miró la mesa de madera. Había cosas desordenadas, pero había vida.
La biblioteca tenía nuevos libros.
Las plantas no estaban marchitas.
Las habitaciones: algunas puertas seguían cerradas y estaba bien.
No todo tenía que abrirse de una vez.
Sonrió.
Y pensó:
—Ya no puedo más con todo, pero hoy estoy aprendiendo a darme espacio y lugar.
La danza de mis pies va saliendo de las sombras...

La depresión
La depresión, una de las enfermedades mentales más complejas dentro de la psicopatología.
Las emociones son informaciones, son simples mensajeras que nos obligan en forma de síntomas a que seamos coherentes de una vez con nosotros mismos. Si tiendes a la necesidad de agradar a todos en casa, no estás perdido, no estás loco, tienes un cerebro que funciona perfectamente para tu supervivencia. El problema es cuando esta preocupación no aporta nada. Quizás por eso me interesa tanto pensar la salud mental como una casa. Una casa donde podemos aprender a abrir las ventanas cada día, reparar sillas antiguas, cambiar la distribución, invitar a nuevas personas y, sobre todo, aceptar que el tedio puede ofrecernos muchas pistas sobre nuestra vida.
El mismo Proust nos avisó de que el verdadero viaje no consiste en descubrir nuevos paisajes, sino en mirarlos con ojos nuevos.
Si para poder con todo tienes ansiedad, igual es que no puedes con todo.
Hay quienes sostienen que gozar de salud mental implica tener diversidad.
El cuerpo es el escenario donde las emociones se exploran sin permiso... un eco de la tortura interna, cada astilla en la piel, un grito silencioso del alma.
¿Es la mente consciente una cortesía del cerebro?
Crear es Conectar
Tania Estrada
Conexiones Conscientes




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