Hablar del trauma también es hablar de posibilidades
- Tania Estrada Morales

- hace 15 horas
- 5 min de lectura
Por Tania Estrada
Dos maneras de escuchar la angustia
Gabor Maté: “El cuerpo expresa lo que la mente reprime”
"La angustia no engaña." Esta afirmación de Lacan, retomada por María Homem, nos invita a comprender la angustia no como un enemigo, sino como una señal de que algo esencial está en juego. A diferencia de otras emociones, la angustia emerge cuando nos enfrentamos a un encuentro con lo real: aquello que desborda nuestras palabras, rompe nuestras certezas y nos confronta con nuestra vulnerabilidad.
El trauma comparte ese mismo territorio. Es la huella que deja un acontecimiento que excede nuestra capacidad de comprender, simbolizar o integrar en el momento en que ocurre. Lo traumático no solo pertenece al pasado, puede permanecer vivo en el presente, manifestándose a través de la angustia, del cuerpo, de los silencios o de la repetición de experiencias que parecen no tener explicación.
En este sentido, la angustia puede ser la voz del trauma. No siempre anuncia un peligro externo, muchas veces señala una herida que aún busca ser reconocida, nombrada y elaborada. Por eso, en lugar de intentar silenciarla de inmediato, podemos preguntarnos qué historia intenta contar, qué parte de nosotros quedó detenida en aquel acontecimiento y cómo se manifiesta hoy en el cuerpo.
La angustia también nos recuerda que somos seres libres y responsables de construir sentido. Sin embargo, cuando existe un trauma, esa libertad puede verse condicionada por experiencias que moldean nuestra forma de percibir el mundo, de vincularnos y de elegir. El proceso terapéutico consiste, precisamente, en transformar aquello que parecía un destino inevitable en una historia que pueda ser comprendida, integrada y resignificada.
La angustia no siempre es un síntoma que deba eliminarse. Puede convertirse en una brújula que nos orienta hacia aquello que necesita ser escuchado y cuidado. Cuando encontramos un espacio seguro para elaborar el trauma, la angustia deja de ser únicamente una señal de alarma y puede transformarse en una fuerza que impulsa el cambio, la creatividad y el encuentro con una versión más auténtica de nosotros mismos.
“Sin embargo, las personas traumatizadas crónicamente se sienten inseguras dentro de sus cuerpos: el pasado está vivo en forma de una incomodidad interior que roe. Sus cuerpos son bombardeados constantemente por señales viscerales de advertencia. Aprenden a esconderse de sí mismos". – Bessel A. van der Kolk, El cuerpo mantiene la puntuación: cerebro, mente y cuerpo en la curación del trauma.
Quizá por eso la angustia no engaña: porque señala el lugar donde una parte de nuestra historia aún espera ser reconocida. Escucharla, con respeto y sin prisa, puede ser el primer paso para transformar el dolor en posibilidad y el trauma en una experiencia integrada, capaz de abrir nuevos caminos hacia la libertad interior.
La angustia no siempre anuncia el peligro, a veces anuncia la posibilidad de un nuevo comienzo. Allí donde el trauma dejó una herida, también puede nacer un significado. Escuchar la angustia con curiosidad y compasión es abrir la puerta a la transformación, porque sanar no es olvidar lo vivido, sino integrarlo para que deje de dirigir nuestra vida desde las sombras.

En esta perspectiva, la angustia deja de ser únicamente un concepto lacaniano o existencial. También puede entenderse como una expresión de la memoria emocional y como una oportunidad para resignificar la experiencia traumática. Cuando es escuchada y acompañada, deja de ser un obstáculo para convertirse en un puente entre el sufrimiento y la posibilidad de una vida con mayor libertad, sentido y significado.
Hablar del trauma también es hablar de posibilidades...
Cuando eran niños, Elena y Gabriel sobrevivieron al mismo accidente de tren. Ambos perdieron a sus padres aquella tarde de lluvia. Ambos escucharon el mismo silencio después del estruendo. Ambos aprendieron que, a veces, la vida cambia en un solo instante.
Sin embargo, el tiempo no escribió la misma historia para los dos.
Gabriel decidió no volver a hablar de aquel día. Cada vez que la angustia aparecía, trabajaba más horas, sonreía más fuerte o buscaba cualquier distracción para no sentir. Decía que el pasado debía quedarse atrás. Pero el pasado nunca lo dejó atrás.
Con los años, comenzó a desconfiar de las personas que amaba. Le aterraban las despedidas, aunque nunca lo confesó. Su cuerpo se tensaba sin motivo aparente, dormía poco y vivía preparado para una catástrofe que nunca llegaba. No comprendía por qué reaccionaba con tanta intensidad ante pequeños conflictos. Pensaba que era un defecto de carácter, sin saber que el trauma seguía hablando a través de su angustia.
Elena también intentó escapar durante mucho tiempo. Pero un día, en medio de una crisis de ansiedad, dejó de preguntarse: "¿Qué me pasa?" y comenzó a preguntarse: "¿Qué intenta decirme esta angustia?"
Aquella pregunta cambió su vida.
Buscó ayuda. Descubrió que la angustia era una mensajera. Poco a poco fue poniendo palabras donde antes solo existía un nudo en el pecho. Lloró lo que nunca había llorado. Sintió la rabia que había escondido durante años. Recordó que las emociones no eran buenos pilotos.
Comprendió que sanar no consistía en olvidar a su padre, ni en borrar el accidente, sino en dejar de vivir como si aquel momento siguiera ocurriendo cada día.
Unos años después, los hermanos se encontraron en el jardín donde habían jugado de niños con sus padres.
— ¿Tú ya no tienes miedo de viajar en tren? — preguntó Gabriel.
Elena sonrió.
— Claro que tengo miedo. La diferencia es que ahora sé que el miedo pertenece al presente y que la angustia me ayuda a descubrir cuando el pasado intenta ocupar su lugar.
Mientras todos hablaban de seguir adelante, Gabriel pensaba:
"El sentimiento de abandono me vuelve vulnerable al trauma. Vivo esperando otra despedida."
Y entonces comprendía por qué prefería marcharse antes de que lo dejaran.
"¿Y si mi angustia no habla del presente? ¿Y si es un pasado que todavía no encontró palabras?"
Elena y su proceso terapéutico:
— ¿Sabes qué descubrí? — le dijo.
— ¿Qué?
— Que una mente sana también siente miedo cuando existe incertidumbre. Siente tristeza cuando pierde algo valioso. Siente frustración cuando las cosas no salen como esperaba. Incluso siente ansiedad porque el futuro importa.
Gabriel la miró sorprendido.
— Entonces... ¿por qué siento que vivo siempre así?
— Porque las emociones dejaron de ser visitantes y se convirtieron en habitantes. El miedo ya no te ayuda a prepararte; decide por ti. La tristeza ya no acompaña una pérdida; oscurece todo. Y la ansiedad ya no aparece de vez en cuando: se ha convertido en el lugar desde el que miras el mundo.
El trauma puede dejar huellas profundas, pero esas huellas no tienen por qué determinar nuestro destino.
La manera en que cada persona atraviesa y elabora una experiencia traumática depende de diversos factores:
— La edad en la que ocurre el trauma.
— Si se trata de un acontecimiento puntual o sostenido en el tiempo.
— Los recursos personales y emocionales disponibles en ese momento.
— La posibilidad de contar con un acompañamiento seguro y adecuado.
— El momento y el contexto en los que ocurre.
— El significado que la experiencia adquiere para cada persona.
— Y, especialmente, las condiciones de seguridad y apoyo que puedan construirse posteriormente.
La recuperación no depende solamente de “la fortaleza” de la persona. El vínculo, la seguridad, el entorno y las experiencias posteriores pueden modificar profundamente la manera en que se integra una experiencia traumática.
La angustia no engaña. A veces señala el lugar exacto donde una parte de nuestra historia sigue esperando ser escuchada. El trauma se disipa cuando encuentra un espacio donde puede ser reconocido, comprendido e integrado.
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