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Decidir, ese verbo que nos atraviesa

  • Foto del escritor: Tania Estrada Morales
    Tania Estrada Morales
  • 15 dic 2025
  • 4 Min. de lectura


¿Cómo suena mi voz interior cuando decido?


¿Qué historias cuenta mi cuerpo antes de que mis labios pronuncien un sí o un no?


Decidir es escuchar los murmullos que dejamos a medias. Es aquello que callamos cuando el miedo se adelanta. Porque elegir también es recordar. Y recordar, a veces, duele.



¿Qué es decidir, entonces?


Tal vez sea aceptar que cada elección trae consigo una pequeña renuncia, como una sombra inevitable. Que el miedo al error camina a nuestro lado con nombres propios: ansiedad, perfeccionismo, desconfianza, cicatrices del pasado.


Detenernos en esta pregunta, que suele pasar de puntillas por la vida cotidiana, es inevitable:



¿Cómo influye mi forma de comunicar en mis decisiones?


Hablar de decisiones es hablar también de silencios. De lo que decimos… y de lo que evitamos decir. De cómo se manifiesta el cuerpo cuando imagina un camino A o cuando coquetea con el B. De las emociones que aparecen como testigos y de esa balanza emocional que, a veces, pesa más por recuerdos que por hechos.

Porque decidir, lo sabemos, es priorizar. Y priorizar implica renunciar.


Quizá una decisión sea un acto íntimo, casi imperceptible, que ocurre entre el miedo y el deseo. Tiene formas conocidas: ansiedad, perfeccionismo, falta de confianza, experiencias pasadas. Pero también tiene historia, contexto y significado.


Aquellos que se adentran en las profundidades del pensamiento… a menudo se encuentran con las dudas.






Diálogos que ayudan a decidir


He aprendido a desconfiar de las copias. Viajo por eso: porque el movimiento impide que las dudas se oxiden. Me considero una escritora de caminos, de los que anotan más sentimientos que paisajes. Aun así, confieso algo incómodo: pocas cosas logran sorprenderme ya. O eso creía.


Cuatro amigos y yo nos reunimos una tarde para celebrar la vida en un mercado navideño. Bajo nuestros pies, un piso gastado que había escuchado otras conversaciones importantes sin saberlo. No era un encuentro solemne, pero sí inevitable. Hablábamos del porqué de la existencia, de esa palabra tan grande que siempre se nos queda chica: misión. Nadie parecía tener prisa, como si el tiempo también quisiera escuchar.


Una habló de su capacidad de resiliencia frente a la adversidad.

— He aprendido a levantarme incluso cuando no entiendo por qué — dijo.


Otro habló de destinos, de escritores consagrados y de pastores sabios.


El tercero habló del linaje, de saber gestionar los conflictos, del peso de la cultura.

— Cargamos historias que no recordamos, pero que pesan — dijo.


Entonces, casi sin pensarlo, alguien dijo:

— Yo constelo viajando.


El silencio fue inmediato. No incómodo, sino denso, como cuando una frase encuentra su lugar exacto. Los tres sonrieron. La frase hizo eco.

 

¿Y si para algunos sanar no fuese quedarse, sino partir? ¿Y si viajar fuera otra forma de constelar?

Viajar, para mí, siempre fue un acto de desapego consciente. Soltar el idioma, los gestos, las rutinas y costumbres culturales. Convertirme en extranjero para volver a mirarlo todo con ojos nuevos. Cada país tiene sus reglas. Cada frontera es una herida que no es mía y, sin embargo, me enseña.


Como si la vida nos empujara fuera de la zona de confort para recordarnos que el otro existe y que su historia también importa. Mirarlo con atención es un acto de consideración y respeto.


Viajar me enseñó que no todo se resuelve. Aceptar no es comprender. Que, al escuchar al otro, algo en mí hace que la memoria juegue con mis emociones. Cada despedida ordena un poco más mi universo interno. Ayudar no significa ser amigo y no siempre es quedarse, a veces es caminar con conciencia.


Nuestra casta también se expande cuando cruzamos océanos. Donde mi historia termina, comienza la de mi vecino mañana. Y si tengo el valor de escucharla, tal vez ambos sanemos un poco y nos toleremos más.


Yo constelo viajando. No para huir, sino para encontrar nuevas preguntas. No para olvidar, sino para mirar más amplio. Porque en cada cultura, en cada rostro desconocido, las decisiones nos cambian… y cambian con nosotros.



Donde nace una decisión


Quizá decidir no sea más que ese acto poético que Fernando Pessoa nombró con precisión:


«Más triste que lo que acontece es lo que nunca aconteció».


En decisiones delicadas, intervienen tres elementos claves:

El contexto: el clima social, económico y emocional que rodea una elección. Todo aquello que sucede afuera… y termina afectando lo de adentro.

El significado: el valor emocional que le damos a aquello que está en juego. Las emociones nos indican qué importa, aunque a veces no sepamos traducirlo en palabras.

• La duración: la percepción del tiempo que la decisión ocupa en nosotros. A veces, darle demasiado tiempo a una decisión es también una forma de decidir: postergar.


Por eso es tan importante poner nombre a las emociones que habitan una decisión: son ellas las que iluminan lo que verdaderamente importa.

Quizá, al final, decidir sea simplemente esto: escuchar al cuerpo, la emoción y al contexto, y comprender que cada elección es un acto de honestidad con el momento que estamos viviendo. No se trata de poder con todo, sino de aceptar que las decisiones dependen más del proceso que del resultado.


Dicen que la incertidumbre no se disuelve pensando, sino decidiendo.


La teoría del marcador somático de Antonio Damásio (neurocientífico portugués) sostiene que las sensaciones corporales también se memorizan y participan en la toma de decisiones. Una idea, en un escritor o escritora, se materializa en estados corporales. El cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar.


Las sensaciones pueden ayudarnos a recuperar emociones que el tiempo o su dureza ocultó. No es casual que se diga que el olfato es el sentido de la memoria, especialmente para quienes escriben desde lo sensorial.

Quizá constelar sea aceptar que no todo nos pertenece.

Y tal vez lo más difícil no sea decidir, sino confiar en uno mismo.


Tania Estrada

 
 
 

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Tania Estrada

Email: tania.estrada.morales @ gmail.com

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