La comunicación intercultural y su relación con la identidad personal
- Tania Estrada Morales

- 24 ene
- 3 Min. de lectura
La identidad personal y la comunicación intercultural están íntimamente ligadas. La cultura no solo condiciona la forma en que hablamos, sino también cómo interpretamos el mundo, cómo nos relacionamos y qué damos por “normal”. A su vez, una identidad personal consciente y reflexiva es la base para una comunicación intercultural auténtica, aquella que no se limita a la tolerancia superficial, sino que se construye desde el respeto y la comprensión real de la diferencia.
Vivimos en una era marcada por la globalización, la diversidad y la conexión permanente.
Nunca antes habíamos tenido tanto contacto con personas de otras culturas: a través del trabajo, las migraciones, las redes sociales o los medios digitales. Sin embargo, esta cercanía no siempre se traduce en entendimiento. Al contrario, muchas veces pone en evidencia nuestras limitaciones para comunicarnos más allá de nuestro propio marco cultural.
Hablamos de inclusión, de convivencia, de apertura… pero cuando llega el momento de interactuar con “el otro”, aparecen las tensiones. La escucha activa, la empatía o el simple intento de comprender se convierten en desafíos reales. No necesariamente por falta de voluntad, sino porque cada uno de nosotros observa la realidad a través del filtro de su propia cultura, de sus experiencias y de sus valores aprendidos. Creemos que vemos el mundo tal como es, cuando en realidad lo vemos tal como somos. La comunicación no verbal es un ejemplo revelador de esta complejidad.

El contacto visual puede interpretarse como confianza… o como una actitud desafiante.
La distancia corporal puede expresar cercanía… o una invasión del espacio personal.
"La identidad personal también hace vibrar todo el tejido de nuestra relación con los demás. Uno no se equivoca sobre sí mismo sin engañarse respecto a los otros y sobre las relaciones que tenemos con ellos."
Paul Ricoeur - Filósofo y antropólogo francés
Nada es neutro en la comunicación intercultural: cada movimiento, cada silencio, cada mirada está cargada de significado cultural.
Lo mismo ocurre con los estilos de comunicación. Existen culturas que valoran la franqueza y la comunicación directa, donde decir las cosas “tal como son” se asocia con honestidad. Otras, en cambio, priorizan la armonía del grupo y optan por un lenguaje más indirecto, más contextual, donde lo implícito tiene tanto peso como lo explícito. En estos casos, lo que no se dice puede ser tan importante como lo que se expresa con palabras.
En el contexto actual, marcado por la inmediatez y la sobreinformación, esta diferencia se vuelve aún más problemática. Queremos respuestas rápidas, mensajes claros, posiciones definidas. Pero la comunicación intercultural exige justo lo contrario: tiempo, atención, pausa y disposición a la ambigüedad.
Entonces, ¿cómo mejorar nuestra comunicación intercultural hoy?
La Escucha activa
No escuchar para responder, sino para comprender. Escuchar con la intención de entender el punto de vista del otro, hacer preguntas abiertas, confirmar lo que creemos haber entendido. La escucha activa es, en sí misma, un acto de humildad y por eso va de la mano de la flexibilidad y adaptación.
En un mundo donde la información está al alcance de un clic, no hay excusa para la ignorancia cultural. Informarse sobre las normas básicas de comunicación de otras culturas demuestra interés, reduce malentendidos y abre espacios de confianza.
La comunicación intercultural no es solo una competencia técnica; es, sobre todo, una actitud ante el mundo. Implica aceptar que nuestra forma de ver la realidad no es la única, ni necesariamente la correcta. Es reconocer que la diversidad no es un obstáculo, sino una fuente de enriquecimiento, aunque a veces incomode.
Porque lo que para una persona es obvio, para otra puede resultar extraño. Un gesto de las manos puede significar “todo está bien” en un país y ser profundamente ofensivo en otro.
El contacto visual puede expresar respeto… o desafío.
El silencio puede interpretarse como incomodidad… o como sabiduría.
En los tiempos actuales, aprender a comunicarnos interculturalmente no es una opción: es una necesidad. Escuchar para comprender, preguntar antes de suponer y aceptar la complejidad del otro se convierten en actos profundamente humanos y, también, necesarios.
No se trata de renunciar a quiénes somos, sino de ajustar nuestra forma de comunicarnos según el contexto y la persona. Adaptarse no es perder identidad; es reconocer que el respeto también se expresa en la manera en que elegimos, evitar juzgar.
Conviene preguntarse: ¿esta interpretación proviene de mis propios esquemas culturales? Esa breve pausa reflexiva puede evitar conflictos y transformar un choque cultural en una oportunidad de aprendizaje.
Por Tania Estrada



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